Lo que comenzó como una tarea de crónica y unas cuantas visitas entre amigos a pulquerías se convirtió en un espacio virtual donde las historias cotidianas encuentran un lugar para decir lo que casi nunca se dice en voz alta.
Escrita por:
- ElyxirTeresa tenía 26 años y había empezado a sospechar que el amor era una de esas cosas que todo el mundo fingía entender.
No era una idea particularmente bonita, pero le resultaba tranquilizadora.
Porque, si todos fingían, entonces quizá no había nada malo en ella.
Había escuchado a sus amigas hablar del amor con una seguridad que siempre le había parecido extraña. Decían cosas como "cuando sabes, sabes" o "simplemente pasa". Hablaban de enamorarse como si fuera una puerta que aparecía frente a ti y que cualquiera podía reconocer.
Teresa nunca había visto esa puerta.
Había querido a personas, sí.
Había esperado mensajes.
Había sentido celos.
Había extrañado.
Había pensado demasiado en alguien.
Había deseado estar cerca.
Pero no sabía en qué momento todo aquello se convertía en amor.
Tampoco entendía por qué tenía que convertirse en algo.
Esa era una de las cosas que más la confundían.
La gente parecía necesitar ponerle nombre a todo.
Amistad.
Cita.
Noviazgo.
Atracción.
Sexo.
Relación.
Ex.
Teresa sentía que cada palabra venía acompañada de un conjunto de reglas que nadie se molestaba en explicar porque, aparentemente, todos nacían sabiéndolas.
El sexo era todavía más incomprensible.
No por falta de curiosidad.
Ni siquiera por falta de deseo.
Era la manera en que todos hablaban de él lo que le parecía extraña.
Como si fuera inevitable.
Como si, a cierta edad, el cuerpo tuviera que comenzar a pedir determinadas cosas y, si no lo hacía de la manera esperada, hubiera algo incorrecto en él.
Teresa había llegado a preguntarse si quería sexo o si quería querer querer sexo.
La diferencia parecía pequeña cuando la pensaba en voz alta.
Para ella no lo era.
Quizá deseaba a ciertas personas, pero no quería lo que supuestamente venía después.
Quizá quería intimidad, pero no sabía si necesitaba que esa intimidad tuviera un nombre.
Quizá quería besar a alguien sin que ese beso se convirtiera automáticamente en una promesa.
Quizá quería dormir con alguien sin que dormir significara nada más.
Quizá algún día querría todo lo contrario.
No lo sabía.
Y no saberlo era, al parecer, un problema.
A cierta edad, las preguntas empiezan a sonar como acusaciones.
¿Ya tuviste novio?
¿Te gusta alguien?
¿No quieres casarte?
¿Y entonces qué quieres?
Teresa odiaba especialmente esa última.
Porque no sabía.
Y parecía que una persona adulta no tenía derecho a no saber.
Había cosas que sí sabía.
Sabía qué libros quería leer.
Sabía qué canciones podía escuchar durante semanas.
Sabía qué personajes le importaban.
Sabía qué cosas le hacían sentir algo.
Pero nadie consideraba importantes esas respuestas.
A los veintiséis años, las preguntas importantes eran otras.
Qué estudiaba.
Dónde trabajaba.
Cuánto ganaba.
Con quién salía.
Qué planes tenía.
Qué iba a hacer después.
Teresa podía responder algunas.
En otras tenía que improvisar.
Y había algunas para las que simplemente no encontraba una respuesta que sonara adulta.
Eso era lo que más le molestaba de crecer.
Que crecer parecía significar aprender a ocultar las partes de ti que todavía no tenían una explicación aceptable.
Había aprendido a decir "estoy cansada" cuando quería decir "ya no puedo más".
Había aprendido a decir "estoy ocupada" cuando necesitaba desaparecer.
Había aprendido a decir "todo bien" porque explicar lo contrario requería demasiadas palabras.
Había aprendido muchas cosas.
Solo que ninguna parecía enseñarle cómo vivir.
En cambio, el mundo le repetía que tenía que producir.
Estudiar.
Trabajar.
Generar dinero.
Ser independiente.
Ser útil.
Tener proyectos.
Tener metas.
Tener una pareja.
Tener una vida.
Todo parecía medirse en resultados.
Incluso el cansancio.
Si estaba cansada pero había terminado su trabajo, estaba bien.
Si necesitaba descansar pero todavía podía producir, entonces no necesitaba descansar.
Si podía hacerlo una vez, significaba que podía hacerlo siempre.
Si había conseguido sobrevivir a algo, entonces se esperaba que volviera a hacerlo.
Teresa empezó a comprender que la capacidad y la posibilidad no eran la misma cosa.
Podía hacer muchas cosas.
Eso no significaba que pudiera hacerlas constantemente sin pagar un precio.
Pero la sociedad no parecía interesada en el precio.
Solo en el resultado.
Y cuando el resultado no llegaba, aparecía la palabra que más miedo le daba:
"Normal".
Deberías poder.
Los demás pueden.
Es parte de crecer.
Todos tenemos que hacerlo.
No puedes quedarte atrás.
No puedes esperar que el mundo se adapte a ti.
Teresa escuchaba esas frases y pensaba que quizá ese era el verdadero problema.
El mundo nunca se preguntaba si podía adaptarse a ella.
Era ella quien tenía que adaptarse al mundo.
Siempre.
En el amor también.
Tenía que aprender a amar de una determinada manera.
En el sexo también.
Tenía que desear de una determinada manera.
En el trabajo también.
Tenía que rendir de una determinada manera.
En la adultez también.
Tenía que funcionar de una determinada manera.
Y quizá eso era lo que la estaba enfermando.
No una incapacidad para vivir.
Sino la obligación constante de vivir como alguien más.
Una noche, Teresa se quedó pensando en eso durante horas.
No estaba triste exactamente.
La tristeza era más sencilla.
Esto era otra cosa.
Era la sensación de haber estado utilizando toda su energía para convencer al mundo de que podía pertenecer a él.
Y, de pronto, preguntarse por qué quería pertenecer a un lugar que nunca había intentado comprenderla.
Pensó en el trabajo.
Pensó en el dinero.
Pensó en su cuerpo.
Pensó en el amor.
Pensó en todas las cosas que otras personas parecían poder hacer sin cuestionarse demasiado.
Pensó que, si su cuerpo le impedía producir, sería desechada de la sociedad.
Después entendió que no hablaba únicamente del trabajo.
Hablaba de todo.
De la manera en que una persona parece tener valor mientras puede rendir.
Mientras puede estudiar.
Mientras puede trabajar.
Mientras puede ser deseable.
Mientras puede relacionarse.
Mientras puede seguir el ritmo.
Mientras puede demostrar que no necesita demasiado.
Y Teresa necesitaba cosas que no sabía cómo pedir.
Tiempo.
Espacio.
Comprensión.
Paciencia.
La posibilidad de no saber.
La posibilidad de cambiar de opinión.
La posibilidad de existir sin tener que convertir cada parte de su vida en una función.
A veces pensaba que debía existir algún lugar donde las personas como ella estuvieran contempladas.
Alguna oficina.
Algún documento.
Alguna casilla que explicara que no todos los cuerpos funcionan al mismo ritmo.
Que no todas las dificultades podían resolverse con voluntad.
Que había personas para quienes ciertas cosas costaban más y que eso no las hacía menos adultas, menos responsables ni menos valiosas.
Pero, incluso si ese lugar existía, Teresa sabía que no podía llegar hasta él con un papel en la mano y esperar que desaparecieran las miradas.
Los papeles podían decir muchas cosas.
Las leyes podían decir muchas cosas.
La gente seguía mirando.
Seguía juzgando.
Seguía decidiendo qué era normal antes de conocerla.
Y quizá eso era lo que más miedo le daba.
Que hubiera cosas contra las que nadie pudiera protegerla.
No porque no existieran instituciones para hacerlo, sino porque ninguna institución podía entrar en la cabeza de otra persona y quitarle un prejuicio.
Nadie podía obligar a alguien a comprenderla.
Nadie podía garantizar que ser diferente no tuviera consecuencias.
Entonces Teresa pensó, casi con cansancio:
"Ni siquiera el Estado me podría proteger, porque nadie me puede proteger del prejuicio".
No era una conclusión política.
Era algo mucho más íntimo.
La constatación de que podía haber leyes, oficinas, discursos y promesas y, aun así, existir un momento en que estaría sola frente a alguien que hubiera decidido quién era antes de escucharla.
Y quizá ese era el verdadero miedo.
No que el mundo fuera cruel.
Sino que pudiera ser indiferente.
Que pudiera verla haciendo un esfuerzo enorme y llamarlo simplemente insuficiente.
Que pudiera verla cansada y llamarla floja.
Que pudiera verla confundida y llamarla inmadura.
Que pudiera verla diferente y llamarla difícil.
Teresa no quería privilegios, no los quería.
No quería que el mundo le abriera todas las puertas.
No quería que nadie la tratara como si fuera frágil.
No quería que la entendieran a la fuerza.
Solo quería que dejaran de confundir su manera de existir con una falla que tenía que corregirse.
Quería poder decir "no puedo" sin tener que presentar pruebas.
Quería poder decir "no quiero" sin convertirlo en una explicación interminable.
Quería poder decir "no sé" sin que alguien asumiera que, en realidad, estaba perdida.
Quería tener derecho a cambiar.
A cansarse.
A equivocarse.
A necesitar más tiempo.
A no querer las mismas cosas que los demás.
A quererlas después.
A quererlas de otra manera.
Quizá eso era crecer, pensó.
No aprender a funcionar perfectamente.
Sino aprender a distinguir entre lo que realmente quería y todo aquello que había aprendido a querer para que los demás estuvieran tranquilos.
Por primera vez en mucho tiempo, Teresa no intentó encontrar una respuesta.
No pensó en el amor.
Ni en el sexo.
Ni en el trabajo.
Ni en el dinero.
Ni en lo que tendría que hacer al día siguiente.
Se quedó simplemente sentada, respirando.
Y esa respiración, tan pequeña que normalmente ni siquiera habría reparado en ella, le pareció suficiente por unos segundos.
No había resuelto nada.
Seguía sin saber qué quería.
Seguía sin saber cómo iba a vivir.
Seguía sin saber cuánto tiempo necesitaría para entenderse.
Pero quizá no tenía que saberlo esa noche.
Quizá podía existir sin una conclusión.
Quizá podía dejar algunas preguntas abiertas.
Teresa miró el techo y pensó que tal vez llevaba demasiado tiempo intentando demostrar que podía vivir en un mundo que no había sido construido pensando en ella.
Y, por primera vez, la idea de no encajar perfectamente no le pareció una derrota.
Tal vez no tenía que encajar.
Tal vez solo tenía que encontrar una forma de estar allí sin desaparecer dentro del molde.
No sabía si eso sería suficiente.
Pero era algo.
Y, por ahora, Teresa decidió que "algo" también podía ser mucho.
Lo que comenzó como una tarea de crónica y unas cuantas visitas entre amigos a pulquerías se convirtió en un espacio virtual donde las historias cotidianas encuentran un lugar para decir lo que casi nunca se dice en voz alta.
—Hay cosas que no se pueden guardar todo el tiempo —añadió, sin mirarme directamente—. Cuando algo te arde, tarde o temprano se tiene que decir. Lo que arde, cuenta. Si no, nada más se queda ahí adentro haciendo ruido.
Sus noches terminaban siempre en la cocina. Ahí, bajo la tenue luz de un foco que zumbaba, Don Arturo se enfrentaba a sus demonios.