Pulque y ceniza

Lo que arde, cuenta.

■ Cronica

No lo haré

10 de Septiembre, 2026 · 8 min de lectura · Ciudad de México

Escrita por:

- Escritor Anónimo

No está dentro de mis planes suicidarme, pero lo pienso casi a diario. Pienso en la forma en que lo haría y definitivamente no me cortaría las muñecas de los brazos. No me gusta ese tipo de dolor y menos en esos últimos momentos de mi vida. Tampoco me aventaría de un puente, de una azotea o algo por el estilo; sería una escena muy sangrienta. No moriría por una sobredosis, las drogas me gustan mucho como para desperdiciarlas de esa manera tan triste.

La manera perfecta para hacerlo sería colgándome del techo. En serio lo he pensado, tengo el lugar perfecto; es una viga en el techo de un cuarto del segundo piso de mi casa que estoy casi seguro de que aguantaría mi peso. Tengo un rollo de cuerda esperándome al fondo de un cajón de madera dentro de mi cuarto que tiene el tamaño justo para enredarlo en la viga, hacerle un nudo y colgarme. No pienso mucho en los detalles, o sea, digo, nunca lo he intentado, pero creo que sería una de las formas más pacíficas para irme y no creo que en el momento yo pueda hacer algo para evitarlo.

Laura lo había escuchado en silencio hasta ese momento. La cantidad de detalles que Sebas acababa de dar comenzaba a hacer que aquello sonara menos como una simple idea y más como algo que realmente había pensado.

-No mames, Sebas, para ser alguien que no se quiere suicidar, tienes muy planeado todo, ¿no?

-Sí, jaja, eso parece, pero en serio no lo haría. No le quiero hacer eso a mi familia, sería una escena muy grotesca para ellos, ¿sabes? Que ellos me vean ahí, colgado, todo morado y muerto, les generaría un trauma gigante y pues no, güey, no se trata de eso.

Laura lo miró durante unos segundos, intentando entender si realmente estaba hablando en serio o si simplemente estaba siguiendo con la conversación que habían comenzado.

-¿Entonces de qué se trata?

-No sé, solo estaba respondiendo lo que me preguntaste.

-Bueno, pero sí fue muy específico, tanto que me preocupa.

Sebas intentó restarle importancia con una sonrisa.

-¡Nah! No te preocupes, todo está bien.

Pero aquella respuesta no terminó de convencer a Laura. Había algo en la forma en que Sebas hablaba que no parecía cuadrar con la tranquilidad que intentaba mostrar.

-Es que eso no sonó como una broma, güey. Sí fue algo muy detallado, o sea, ¿cómo que tienes una cuerda esperándote?

Laura hizo una pequeña pausa antes de continuar. Ya no estaba hablando desde la curiosidad, sino desde una preocupación que comenzaba a ser difícil de ocultar.

-O sea, sí entiendo que puedas sentirte triste y eso, ¿pero quitarte la vida? Eso no va a solucionarte nada, solo va a acabar con todo. Pero no lo va a solucionar, así que te lo voy a preguntar y, si tienes un poco de respeto a todos los años que tenemos de conocernos, respóndeme con la verdad:

¿Qué está pasando? ¿Estás bien?

-Bueno, está bien, tranquila. Puede ser que últimamente no esté pasando por un buen momento. Estoy tratando de lidiar con mi vida lo mejor que puedo, pero es muy difícil. Me siento solito y sí, ya sé que te tengo a ti, que puedo contar contigo. O sea, nos conocemos desde que teníamos 5 años, pero eso no evita que tenga esta sensación de soledad, ¿sabes? Me he sentido así desde hace ya un tiempo. Lo he evitado con cualquier distracción que se me atraviese, pero esa sensación se hace cada vez más intensa, al punto de que ya no es una simple piedrita en el zapato, sino una daga enterrada en un costado.

Siempre he tratado de evitar el dolor físico y emocional, pero lidio con él a diario, en cada momento, tanto que se me destroza el alma y no sé explicarte la razón por la que me siento así de roto. Relativamente, tengo una buena vida; tengo amigos y familia que me quieren y a los que yo quiero de igual forma, estudio en una buena universidad, puedo hacer lo que yo quiera en el momento que quiera, fumo porrito, pero no me siento realizado. Ese tipo de cosas que deberían hacerme sentir bien o al menos reconfortado no están ni cerca de lograrlo. Es como si, poco a poco, una oscuridad dentro de mí se comiera lentamente las reservas de felicidad que tengo, dejándome sin nada.

Laura no sabía qué decirle a Sebas para reconfortarlo, así que se quedó en silencio y solo se acercó a darle un abrazo. Más allá de ser solo un abrazo de una amiga para su amigo triste, para Sebas se sintió como un cálido refugio que, por un instante, le hizo sentir que todo estaba bien.

-Gracias por todo, Lau. Que estés aquí escuchándome significa mucho para mí.

-No tienes que agradecer nada. Eres mi familia y que me cuentes cómo te sientes es importante. Tú eres importante para mí y te quiero mucho…...

Después de la plática con Sebas, Laura se fue a su casa con una sensación extraña en el estómago. Algo de lo que le dijo Sebas le daba vueltas en la cabeza: esa extraña obsesión por decir que no lo iba a hacer cuando parecía muy convencido de finalizar su estancia en este mundo. Durante su camino, intentó convencerse a sí misma de que no pasaría nada, de que todo iba a estar bien y se prometió a sí misma que estaría al pendiente de él.

Pasaron un par de días para que se volvieran a ver. Esta vez fueron a un parque cerca de la casa de Sebas y, sentados en unos columpios, estaban platicando sobre cosas frívolas y superficiales hasta que Laura le preguntó a Sebas:

-¿Oye, y cómo vas con lo que me contaste el otro día?

-Pues, bien, me siento bien. Después de esa plática, me sentí mejor. Te agradezco que me hayas obligado a decirte. Después de ese día me he sentido mucho mejor y camino un poco más ligero.

-Mi corazón se siente feliz de escuchar eso, Sebas. Me alegro muchísimo por ti.

Después de ese día, los amigos se mantuvieron en contacto más de lo que jamás lo habían hecho en todo el tiempo de ser amigos. Al principio, todo parecía ir mejor para Sebas. Se le miraba más feliz y, cuando salían, no hablaban mucho sobre sus sentimientos; solo disfrutaban del momento sin pensar en nada más. Pero, aunque todo pareciera ir mejor, detrás de esa felicidad, la soledad de Sebas no se había ido completamente. Ahora se sentía acompañado, pero también comenzaba a sentirse culpable. Desde aquella conversación, algo había cambiado en Laura. Ya no era solamente su amiga; parecía haberse convertido en alguien que tenía que estar pendiente de él todo el tiempo. Si tardaba demasiado en responderle un mensaje, Laura volvía a escribirle. Si Sebas cancelaba algún plan, ella quería saber por qué. Si lo notaba callado, le preguntaba si estaba bien. Incluso cuando estaban juntos y él simplemente se quedaba en silencio, Laura parecía observar esperando encontrar alguna señal de que algo no estaba bien.

Al principio, Sebas lo agradecía. Había una parte de él que se sentía bien sabiendo que alguien estaba pendiente de él, que alguien se preocupaba por lo que pudiera pasarle. Pero poco a poco esa preocupación comenzó a pesarle.

Sentía que cada mensaje que Laura le mandaba para preguntarle cómo estaba era una forma de recordarle que había algo mal en él. Que cada vez que le preguntaba si había pensado en hacerse daño, la estaba obligando a cargar con una preocupación que no le correspondía. Y mientras más pendiente estaba Laura, más culpable se sentía Sebas.

Un dos de abril de este año, los amigos quedaron de verse en el mismo parque de siempre, pero Sebas no llegó. Laura esperó por un rato. Primero le mandó un mensaje:

-Oye, ¿ya vienes? ¿Todo bien? Avísame cuando vengas.

Después de otro rato, llamó sin recibir respuesta. Fue a verlo a su casa, tocó por varios minutos, pero no había nadie ahí. Preocupada, salió a buscarlo a los lugares en los que pudiera estar sin resultado alguno.

A estas alturas ya era de noche así que se fue a su casa, estando al pendiente de su teléfono en todo momento, hasta que se quedó dormida.

Sebas, en la soledad de su cuarto, muchos recuerdos de su vida bombardearon su cabeza y al fin, abrió ese cajón de madera, sacó el pedazo de cuerda que tenía, le hizo un nudo, fue a esa habitación, colocó una silla, puso la cuerda en la viga, subió a la silla, se colocó la cuerda y finalmente empujó la silla.

Laura despertó de un salto, llorando. Por un instante no entendió qué estaba pasando; tenía el corazón acelerado y una sensación de angustia que no podía explicar. Lo primero que hizo fue revisar su teléfono, casi esperando encontrar algún mensaje de Sebas que le dijera que todo estaba bien.

-Oye, ¿podemos hablar?

Vio Laura en una notificación de Whatsapp y en ese momento, Laura respiró aliviada.

Créditos Imagen hecha por: Equipo creativo de Pulque y ceniza
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