Lo que comenzó como una tarea de crónica y unas cuantas visitas entre amigos a pulquerías se convirtió en un espacio virtual donde las historias cotidianas encuentran un lugar para decir lo que casi nunca se dice en voz alta.
Escrita por:
- Yael Adrián Reyes MarquezTodos los días tardo casi dos horas para llegar a la Ciudad de México, ese lugar mítico que todos aman y odian, pero al que nadie deja de ir porque ahí está el jale. Son dos horas exactas para arrepentirme de haber estudiado sociología, para reconciliarme con ella y luego volverla a odiar, todo antes de las ocho de la mañana. El camión va tan lleno que ya no sé si voy sentado o siendo cargado como el niñito Jesús en Navidad; una experiencia muy marxista, la verdad. Mientras avanzo, veo a la banda: señoras que ya vienen cansadas antes de empezar el día, tipos con cara de “otra vez no”, estudiantes medio dormidos y yo, pensando en fenómenos sociales que superan a la IA, cuando lo único fenomenal aquí es alcanzar lugar. Nadie va feliz, pero todos vamos puntuales, porque la pobreza no perdona retardos. Aquí no hay sueños, hay rutas.
Estudié sociología porque me interesa entender por qué la gente vive como vive, por qué trabaja donde trabaja y por qué casi siempre tiene que viajar para hacerlo, como en la Rosa de Guadalupe. El problema es que entender no paga la renta ni la promo de los azulitos. La universidad me vendió la idea de que pensar críticamente era sexy, necesario, casi revolucionario; no me dijeron que también podía ser poco rentable. Yo creí que el título traía reconocimiento incluido y la foto estilo Mariano de Teresa; resultó que solo trae carpeta, estrés y un montón de lecturas.
Esa contradicción se vuelve palpable cada mañana cuando cruzo Iztapalapa rumbo al Edomex. Ese combo que en memes es chiste rancio, en la vida real es tragedia cotidiana: “Jajaja, tipo las muñecas del Estado”, dicen todos, mientras media ciudad sale de ahí a las cinco para sostener lo que sí importa —oficinas, centros comerciales, universidades y restaurantes caros donde casi nadie vive cerca. Vivir en la periferia es existir para dormir; lo bueno pasa en otro lado. A veces, ya bien apachurrado entre mochilas y axilas ajenas, pienso seriamente que mejor debería poner un puesto de tacos o vender pasteles del Costco. No por romántico, sino por lógico: ahí al menos sabes a qué juegas. En cambio, la vida universitaria te mete en una fantasía aspiracional donde todos fingen que el sacrificio valdrá la pena, aunque nadie sepa cuándo llegará el premio. Spoiler: casi nunca llega.
Pienso mucho en “¡Pantaletas!” de Armando Ramírez y su personaje Maciosare con su título colgado en la pared y su entrada gloriosa al comercio informal me parecen más reales que cualquier discurso de “échale ganas”. El tipo entendió rápido algo que a muchos nos cuesta aceptar: el mercado laboral no tiene respeto por tus lecturas. Puedes saber un montón, pero si no produces lana, no existes. El camión sigue avanzando lento, igual que nuestras oportunidades y la relación con mi ex. Veo casas verde menta, apretadas; calles jodidas; gente que baja corriendo porque si pierde ese transbordo pierde medio sueldo. Aquí la sociología no se lee, se vive. La desigualdad no es solo un concepto académico, es horario, distancia, espalda adolorida, sueño y hambre.
La neta, a veces me da coraje. No tanto por haber estudiado sociología, sino porque me vendieron la idea de que pensar me sacaría de aquí. Y no: pensar solo te hace más consciente del golpazo. Ahora sé que estas dos horas no son casualidad, son estructuras. No trabajo donde vivo porque la ciudad está diseñada para que unos vivan cómodos y otros se desplacen como mercancía.
¿Fracaso? Tal vez. ¿O tal vez el fracaso fue creer que el éxito tenía una sola forma y no olía a grasa de tacos? No sé. Mientras llego a la ciudad sigo dudando, observando y pensando, aunque nadie me lo pague. Hago trabajo de campo diario, gratuito y forzado, como millones.
Y si un día me ven vendiendo tacos o Dorilocos en el tianguis, no me juzguen: estaré aplicando la sociología de la manera más honesta posible.
Lo que comenzó como una tarea de crónica y unas cuantas visitas entre amigos a pulquerías se convirtió en un espacio virtual donde las historias cotidianas encuentran un lugar para decir lo que casi nunca se dice en voz alta.
—Hay cosas que no se pueden guardar todo el tiempo —añadió, sin mirarme directamente—. Cuando algo te arde, tarde o temprano se tiene que decir. Lo que arde, cuenta. Si no, nada más se queda ahí adentro haciendo ruido.
Sus noches terminaban siempre en la cocina. Ahí, bajo la tenue luz de un foco que zumbaba, Don Arturo se enfrentaba a sus demonios.